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domingo, 15 de octubre de 2017

El derecho a decidir abstracto


El modo de hacer pasar por verdadera una cosa es presentándola en su forma abstracta. Abstracto quiere decir carente de determinaciones, o con pocas determinaciones. Si denomino vivienda tanto a una chabola como a un chalet de lujo, estoy presentando a ambas cosas de modo abstracto, y  con esa única determinación, la determinación de ser vivienda, convierto a esas dos cosas, muy distintas y muy distantes, en iguales, y a los poseedores de ambas viviendas en iguales, y así, por medio de la abstracción, acabo con la desigualdad social. Para llegar a lo verdadero, en el caso que se quiera llegar a lo verdadero, es obligado pasar de la cosa en forma abstracta a la cosa en forma concreta. El derecho a decidir, que en España defienden los independentistas y la extrema izquierda, es un derecho a decidir abstracto, que tiene una única determinación, la separación de Cataluña del resto de España; la determinación de que la separación de Cataluña de España es al mismo tiempo la separación de Europa, es ocultada intencionadamente por los que enarbolan la bandera del derecho a la libre autodeterminación. La principal determinación que está en la cabeza de la extrema izquierda, en el asunto del derecho de autodeterminación de los pueblos de España, es la determinación política; para esta gente la España dividida es igual o superior a la España unida. El unirse y separarse distintos reinos políticamente, sin que se produjera mucho cambio con ello, era posible en la Europa feudal, pero ahora estamos muy lejos de esa realidad pasada, ahora estamos en la Europa del capitalismo desarrollado. Precisamente, la determinación histórica del derecho a decidir tampoco aparece en la reivindicación de la extrema izquierda y los independentistas. La determinación histórica nos muestra que el el derecho a decidir en esta Europa del siglo XXI ha quedado muy fuera de época, y poner en práctica ese derecho es hacer que Europa desande todo el camino recorrido, camino que tiene como parte de su contenido la barbarie de dos guerras mundiales.
Otra  determinación, que no aparece en este derecho a decidir abstracto, es la determinación social. Por culpa de todo este movimiento en favor de la libre autodeterminación y de la independencia, la sociedad catalana ha quedado dramáticamente dividida en dos. Según la concepción de los nacionalistas y  de la extrema izquierda, la realidad social es la siguiente: están los catalanes y los españolistas,  los españolistas son la extrema derecha y son fachas, y la bandera española no es la bandera de España, de esa realidad plurinacional que llamamos España, sino que es la bandera de los fachas. Por negar, han negado hasta la propia bandera catalana. Los miembros más destacados de Podemos, situados en la equidistancia, pregonan a los cuatro vientos que no están a favor de la independencia de Cataluña; alrededor de un millón de catalanes se manifiestan en favor de la unidad de España, y Podemos no hace acto de presencia: la mentira cobarde de la equidistancia.
Hay una determinación muy importante, que tampoco aparece en este derecho a decidir abstracto, y de la que se ha aprovechado de manera alto vergonzante el movimiento independentista, la determinación del estado de derecho. En la constitución española no se recoge el derecho a la autodeterminación, y aunque el gobierno español quisiera otorgar ese derecho a cualquier comunidad autónoma española, no podría hacerlo, porque estaría yendo en contra de la constitución y, por tanto, quedaría fuera de la legalidad. Precisamente por ser anticonstitucional el referido derecho, una jueza dictaminó la prohibición de la celebración del referéndum e instó a la Policía Nacional y a la Guardia Civil a que impidieran dicha celebración; desde el gobierno catalán y desde los partidos de extrema izquierda, donde se incluye Podemos, animaron a las masas a que incumplieran este mandato judicial y que ofrecieran resistencia a la acción policial; ninguno de estos animadores se puso en primera línea, no sufrió el mínimo rasguño, lo que constituye una escandalosa manifestación de su repugnante cobardía. Apoyándose en un movimiento de masas, los independentistas y la extrema izquierda han establecido como lo más elevado de la democracia, la realidad más perversa: las acciones -en la calle- en contra de la legalidad establecida por la Carta Magna y en contra el mandato judicial, es manifestación de lo democrático, mientras que, las acciones -en las instituciones democráticas del Estado- en defensa de la Constitución y del cumplimiento de los mandatos judiciales, es lo dictatorial. El mundo al revés, el mundo según su antojo. A pesar de toda la experiencia vivida -por ejemplo, la experiencia del estalinismo, fascismo de izquierda- esta extrema izquierda se niega a defender con claridad y firmeza el estado de derecho, y se empeña, de manera muy irresponsable, en dejar por sentado que la acción en la calle es más democrática que la acción en las instituciones del Estado.
Me refiero a ahora a una determinación de aplastante peso y que los independentistas y la extrema izquierda se niegan, en su brutal enajenación, a considerar en su derecho a decidir, la más esencial de las determinaciones, la determinación económica. Estando muy lejos la materialización  de la independencia catalana -el que cualquier autonomía española se declare independiente, no la convierte en independiente-, sin embargo, la salida de empresas del territorio catalán es constante, incluida sus dos instituciones financieras más importantes; a pesar de ello, estos irresponsables políticos se siguen negando a reconocer esta determinación económica, sin la cual no se puede constituir estado alguno. ¿Qué les sucede a estos irresponsables y religiosos extremistas? Que no persiguen lo real sino lo ideal, que solamente ponen atención al aspecto político y no al económico, a lo formal y no a lo esencial; por ello es que un dirigente de la CUP (izquierda anticapitalista), a pesar de que la cruda realidad está demostrando cuál es el contenido real, y no ideal, del derecho a decidir, manifiesta con enajenada alegría, fruto de su ignorancia política y económica, que Cataluña está viviendo un momento muy emocionante, y asegura que la República de Cataluña, se va a convertir -no se sabe cómo- en un paradigma para el conjunto de toda Europa.
Esta izquierda extrema y la derecha nacionalista catalana han gestado un movimiento de masas que persigue de manera enajenada, de manera religiosa, la consecución de un derecho a decidir abstracto, carente de las determinaciones más esenciales, un movimiento de masas que es a todas luces antidemocrático, que está separado de la realidad, de la realidad política y de la realidad económica, un movimiento de masas herido de enajenada emoción y huérfano de pensamiento y razón, y que va a tener como irremediable destino la más dolorosa de las frustraciones.

martes, 10 de octubre de 2017

Cataluña a la izquierda


Soy un radical de izquierda, soy comunista. Esencialmente, eso quiere decir que estoy a favor de la transformación de la sociedad capitalista en sociedad socialista. El socialismo que yo defiendo es el socialismo científico, que es radicalmente contrario al socialismo utópico. El socialismo utópico es donde se mueve a gusto la extrema izquierda, un socialismo que surge de sus cabezas calenturientas y enajenadas, y no de la realidad material que nos rodea. El socialismo utópico es un socialismo ignorante, que sólo sabe de política y nada de economía; además, su sabiduría política es mezquina, está atada a lo particular y a lo local, de la política del mundo sabe bien poco. La izquierda radical en España no es verdaderamente una izquierda radical, una izquierda que va a la esencia de las cosas, sino que es una izquierda extremista, una izquierda que extrae todos sus argumentos y propuestas de la superficie de las cosas, y son muchas las ocasiones en que ni siquiera llega a conocer con meridiana claridad la superficie, la apariencia, de las cosas. La extrema izquierda es una izquierda ultra superficial, de cabeza hueca, la sabiduría de sus dirigentes no va más allá de la erudición, esto es, de la mera acumulación de información; el razonamiento lógico, materialista y dialéctico, que es propio del verdadero pensamiento marxista, se encuentra muy fuera de su alcance.
Para tener la certeza inmediata de si un determinado material es combustible sólo hace falta acercarlo al fuego; el fuego aquí es el grave problema de la independencia de Cataluña, a ese fuego se han aproximado Podemos, Bildu, ERC  y la CUP , y han demostrado abiertamente que son la izquierda extrema. Esta izquierda ignorante, mentecata y frívola ha puesto, en el siglo XXI, en la Europa moderna y democrática, el derecho de autodeterminación como el no va más de las reivindicaciones democráticas y revolucionarias. Debido a su infantilismo y a su descomunal separación de la realidad, esta iluminada y enajenada izquierda está plenamente convencida de que la reivindicación de un determinado derecho es siempre revolucionario y emancipador, independientemente del momento histórico y del desarrollo material y espiritual de las naciones y de las regiones económicas donde ese derecho se reivindica. En la época precapitalista eran muchos los campesinos que eran dueños de sus tierras y de sus medios de labranza, de modo que todo su producto era propiedad privada basada en el trabajo propio; poco a poco, esa propiedad múltiple y dispersa de la tierra, fue dando paso, en muchas ocasiones por la vía violenta, a la propiedad privada y concentrada de unos pocos, lo que dio lugar a que todos esos campesinos expropiados, al perder la propiedad sobre los medios de producción, los medios que le procuraban la vida, tuvieran que trabajar para los nuevos propietarios, que se apropiaban de su trabajo, que se apropiaban de trabajo ajeno; se pasó de la propiedad privada basada en el trabajo propio a la propiedad privada basada en el trabajo ajeno. En ese momento histórico y en esa realidad económica podría ser justo reivindicar la propiedad privada basada en el trabajo propio; pero si nos hubiéramos mantenido en esa reivindicación, siguiendo la lógica de la izquierda extrema, no habríamos pasado del feudalismo al capitalismo, y sin capitalismo, capitalismo desarrollado, no hay base material para el surgimiento del socialismo.
Durante la época feudal, España, como otras partes de Europa, era una mera suma de reinos, esa pequeñez de existencia era válida para la formación socioeconómica feudal, pero era una traba para la la formación socioeconómica capitalista que precisaba del estado nación y de  la conexión de estos estados nación mediante el comercio mundial, el surgimiento del capitalismo constituyó el paso de la mezquindad de los reinos feudales a la grandeza de los estados nación. Ahora al socialismo no le es suficiente para su establecimiento definitivo el estado nación, ahora precisa de las grandes regiones económicas.  Cuando esta extrema izquierda, que me avergüenza y  me repugna, reivindica, de forma tan altanera y supuestamente vanguardista, el derecho de autodeterminación para los pueblos del estado español -les produce sufrimiento decir España- está reivindicando la vuelta al pasado feudal, donde los distintos reinos podían unirse o separarse como si tal cosa, dado que su unidad era fundamentalmente política y no económica. La reivindicación del derecho a la autodeterminación en esta Europa del siglo XXI es simple y llanamente un reivindicación reaccionaria.
Ya le ha indicado repetidas veces el gobierno del Partido Popular, a esta izquierda pura, a esta izquierda teórica y extrema, a esta izquierda infantil y enajenada, que una cosa es predicar y otra bien distinta es gobernar, para predicar todo el mundo está preparado, para gobernar hay que prepararse mucho y bien. Pero esta izquierda extrema, dogmática y sectaria, no está capacitada para aprender de la derecha, en aquello en lo que la derecha demuestra estar por delante. Por ejemplo, la derecha es quien defiende con clara firmeza y sin complejos la unidad de España ; para la izquierda extremista la defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos de España es lo revolucionario y la defensa de la unidad de España es lo reaccionario, cuando es justo al revés. Esta izquierda descabezada, que está mucho más en la agitación que en el gobierno, tiene la vergonzante osadía de decir, al que asume la responsabilidad de gobernar, lo que se debe hacer, después, claro está, de que las cosas están hechas.
El futbolista que está en la grada nunca falla un penalti, nunca se equivoca en el arbitraje y siempre es el entrenador que configura la mejor alineación y traza la más perfecta táctica. Toda esta extrema izquierda, que no gobierna, que sólo agita, y, por lo tanto, no puede cometer los errores propios del que gobierna, siempre acierta en sus puramente teóricas desiciones políticas y económicas, esta izquierda pura, infantil y descabezada es, en el campo de la política, el futbolista que está en la grada.



domingo, 20 de agosto de 2017

Después del desamor


Una  traición de amor
le regó el corazón con un incendio
de profundo y lento sufrimiento.
Pasaron los días,
como si fueran años,
y los años, como si fueran siglos.
Tardaron en pasar, pero pasaron.
El rencor y el deseo de venganza
pretendieron ser entraña de su sentimiento.
A ambos le cerró la puerta

de su dolorida alma. Ella 
se mantuvo en su camino,
no torció el rumbo,
siguió siendo siempre la misma;
sabiendo de sobra que la bondad
es manifestación de sabiduría.


 
 

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